Hay lugares que, más allá de la comida, te regalan una experiencia. El Restaurante Casa Robles, en el corazón de Sevilla, es uno de ellos. No es solo un sitio donde comer, es un destino donde la tradición, la pasión y el sabor se entrelazan en cada plato, y donde la calidez de sus anfitriones te hace sentir como en casa. Recientemente tuve el privilegio de vivirlo en primera persona, disfrutando de una comida inolvidable en compañía de los hermanos Pedro y Laura Robles.

Disfruté de un recorrido gastronómico que fue mucho más que una degustación: un viaje por la esencia de una casa que lleva décadas marcando estilo y personalidad en el panorama culinario andaluz.
Sentarse a la mesa con ellos es más que un simple acto de comer; es un viaje a través de la historia y el alma de Casa Robles. Fundado hace décadas por los padres de Pedro y Laura, el restaurante ha crecido de ser una pequeña y tradicional taberna para convertirse en un referente de la alta cocina andaluza, manteniendo siempre su esencia familiar y el respeto por el producto.

Los hermanos Robles son los herederos de esta tradición, y su pasión por la gastronomía es evidente en cada detalle, desde la meticulosa selección de ingredientes hasta la impecable presentación de los platos.
El valor de la tradición en la mesa
La experiencia comenzó con una ensaladilla de atún, plato de aparente sencillez que Casa Robles convierte en seña de identidad. Cremosa, equilibrada y con un atún de impecable calidad, representó el primer guiño a esa cocina de raíces familiares que resiste y enamora al buen comensal.

De ahí, la mesa caminó hacia un clásico de la tradición marinera: los guisantes con choco. Este guiso, humilde en su origen, encontró en la cocina de los Robles un lugar de respeto, con un sabor redondo que evocaba la memoria de los fogones de puerto, donde mar y tierra se dan la mano en un plato cargado de identidad y a mí personalmente me llevó a los muchos y buenos recuerdos que tengo de Huelva y su choco.

Con la misma naturalidad llegó la tortillita de camarones, en la que el crujir de cada bocado recordaba a los paseos junto a la bahía gaditana. Ligera, fragante y con el camarón como protagonista absoluto, fue uno de esos platos que logran conquistar por su aparente sencillez, detrás de la cual se esconde oficio y precisión.

El guiño a la alta cocina
El menú subió un peldaño en sofisticación con el revuelto de patatas trufadas con virutas de foie, una combinación que unió la intensidad de la trufa con la untuosidad del foie y la suavidad de las patatas. El resultado fue un plato equilibrado, capaz de sorprender sin perder el gusto reconocible que caracteriza la propuesta de Casa Robles: innovar desde la tradición, sin forzamientos innecesarios.

Pero el momento cumbre de la velada lo marcó el atún al palo cortado, un maridaje perfecto en sí mismo. El atún, producto insigne de la costa gaditana, encontró en el vino generoso jerezano el compañero ideal, resultando un bocado pleno de matices, donde la mineralidad y los toques salinos se entrelazaban con la textura noble del pescado. Personalmente, este plato resumió mejor que ninguno la filosofía de la casa: respeto absoluto por el producto, acompañado de la inteligencia de una cocina que entiende dónde está su fuerza.

El broche dulce de Laura Robles
La cena culminó con el surtido de postres Tentaciones al Cubo de Laura Robles, verdadero despliegue del talento repostero que atesora la casa. Estas tentaciones se van cambiando por temporada, según estacionalidad y el producto. El cubo blanco estaba relleno de dulce de leche con galleta, el cubo negro de chocolate al 70%, relleno de capuchina y el cubo rojo estaba relleno de fresas con nata. Acompañaba también una cereza, que era como un cremoso de cereza y un cono de sorbete de manzana verde.
La repostería de Laura que combina sensibilidad, creatividad, equilibrio y un profundo respeto por los sabores clásicos, se convirtió en el epílogo perfecto a una velada que quiso ser más que una mera degustación.

Una experiencia con alma
Entre conversaciones, anécdotas y brindis, no solo disfruté de una cocina auténtica y refinada, sino también de la calidez de los hermanos Robles, que consiguieron que la velada fuera mucho más que una comida: un homenaje a la gastronomía andaluza con alma. No solo por la calidad de los platos, sino también por el ambiente que se respira en Casa Robles, donde gastronomía y trato cercano van de la mano, constatando que en Sevilla aún existen casas donde la gastronomía no es solo un medio para alimentar, sino un lenguaje para emocionar.

La historia comienza en 1954
La historia de Casa Robles se remonta a 1954, cuando el padre de Pedro y Laura Robles, el hostelero sevillano Joan Robles, abrió un pequeño bar en el barrio de Santa Cruz de Sevilla. Con el tiempo, el negocio creció y se convirtió en un restaurante de referencia, conocido por su cocina tradicional andaluza y la calidad de sus productos.
En la actualidad, Robles Restaurantes como grupo gastronómico sevillano se ha mantenido fiel a sus orígenes, conservando la esencia de la gastronomía sevillana. Es reconocido por preservar y promover la cocina andaluza tradicional con un enfoque de alta calidad.
El grupo lo componen varios establecimientos y servicios de catering: Casa Robles, Robles Laredo, Robles Aljarafe, Las Brasas de Robles, Restaurante Placentines, Doña Francisquita restaurante pizzería, Tía Consuelo asador brasería, Bacao, Restaurante El Colmo, Taberna La Subasta cada uno ofreciendo experiencias culinarias únicas que combinan tradición e innovación. Además, el grupo ofrece servicios de catering, Robles First Class (la división de Robles Catering para aviación) y repostería artesanal, y ha sido distinguido con el sello «Q de Calidad Turística» por su excelencia en servicio y compromiso con la sostenibilidad, asi como también han sido reconocidos con los premios Alimentos de España al Mejor Restaurante y el Gorro de Plata a la mejor repostería artesana.
La tercera generación de la familia, con Pedro y Laura al frente, ha sabido mantener vivo el legado de su padre, combinando la tradición con un toque de innovación y creatividad. Junto a ellos también están Carmen Pérez, la mujer de Pedro, como responsable del departamento comercial y Antonio Jesús Calero, marido de Laura, en la dirección financiera.
Ellos han dado paso a la cuarta generación que se han formado fuera, antes de incorporarse al negocio familiar y ya trabajan en el día a día; Jesús ya lleva 6 años en la gestión operativa de los negocios, donde también se ha incorporado su primo Juan. Pedro en el área de administración y finanzas, Inma en departamento de marketing, y Laura hija, acaba de terminar derecho y administración de empresas y se encuentra realizando un master en Alta Cocina y Repostería en, Le Cordon Blé








