Alcanzar y mantener un saludable estado de ánimo es esencial en nuestra experiencia diaria. Desde ZEM Wellness Clinic Altea, la Dra. Jessica Castejón comparte su experiencia y nos explica cómo pequeñas conductas sostenidas en el tiempo pueden influir en la regulación del estado de ánimo.
A veces, nos encontramos atrapados en ciclos de pensamientos negativos o emociones que parecen sobrepasarnos. Aunque todos enfrentamos altibajos emocionales, lo que en ocasiones ignoramos es que nuestro cerebro puede ser entrenado para mejorar nuestro bienestar. Con la combinación adecuada de hábitos y técnicas de regulación, es posible romper con los patrones de negatividad y potenciar nuestra capacidad de mantener un estado de ánimo equilibrado.
El buen humor no es únicamente un rasgo de personalidad, también es una disposición modulable
El cerebro tiene un sesgo natural hacia detectar amenazas y utiliza la negatividad como mecanismo evolutivo de protección. Entrenar el buen humor no significa forzarse a estar alegre ni negar lo que duele, significa ampliar el foco de atención y desarrollar mayor flexibilidad emocional. Aunque no aparezca espontáneamente, puede favorecerse creando condiciones fisiológicas y psicológicas adecuadas, analiza Jessica Castejón, doctora en Psicología, especializada en sexología, psicooncología y terapias basadas en la evidencia de ZEM Wellness Clinic Altea.

Según la experta, entrenar el buen humor implica realizar pequeñas acciones diarias que favorezcan la regulación del cuerpo y la mente. ZEM Wellness Clinic Altea incorpora programas de bienestar que facilitan esta práctica, con estrategias que incluyen movimiento físico, contacto social y exposición a la luz natural.
Conductas que ayudan a crear el bienestar emocional
- Exponerse a luz natural a primera hora del día.
- Introducir movimiento corporal regular, aunque no sea intenso.
- Cuidar el descanso como variable prioritaria.
- Mantener contacto humano significativo, no solo interacción digital.
- Reducir la sobreestimulación constante de pantallas y comparaciones.
- Realizar al menos una actividad placentera al día.
- Incorporar pequeños rituales de desconexión de 5-10 minutos en jornadas intensas.
- Establecer límites claros para evitar la sobrecarga sostenida.

Programas ZEM
Los programas de ZEM, como el Neuro Balance, abordan esta idea, enseñando a los pacientes cómo incorporar hábitos saludables y sostenibles que favorezcan una regulación emocional adecuada. «Un gesto menos visible, pero muy relevante consiste en entrenar dónde se coloca la atención. El cerebro tiende a fijarse en lo que falta o en lo que ha salido mal; introducir de forma deliberada el registro de pequeños avances o momentos funcionales del día ayuda a equilibrar ese sesgo», explica la Dra. Castejón.
Por otro lado, comparte gestos de rescate a los que acudir cuando los pensamientos negativos en bucle acaparan todo el espacio de nuestra mente:
- Cambiar la temperatura (agua fría en el rostro o en las manos).
- Aumentar ligeramente el ritmo cardíaco durante unos minutos (caminar a paso más rápido o subir escaleras).
- Realizar una respiración en la que la exhalación sea más larga que la inhalación.
- Cuando la activación emocional disminuye, puede ser útil introducir una pregunta sencilla:¿Estamos reaccionando ante un hecho presente o ante una interpretación anticipada?
La relación entre alimentación y estado de ánimo
Según Castejón, aunque el estado de ánimo no depende exclusivamente de lo que comemos, la estabilidad fisiológica que proporcionan los hábitos saludables es un factor relevante para la regulación del estado de ánimo, para mantenerlo saludable. Y analiza: “oscilaciones bruscas en los niveles de glucosa pueden asociarse a irritabilidad, fatiga o cambios de energía.

Alimentaciones muy desordenadas, con picos frecuentes de azúcar o baja calidad nutricional, pueden favorecer fluctuaciones emocionales. Además, existe una comunicación bidireccional entre el sistema digestivo y el cerebro que puede influir en procesos relacionados con la regulación emocional”.
Frente a ello, propone:
- Regularidad en horarios y comidas.
- Evitar extremos de restricción y compensación.
- Priorizar calidad nutricional sin rigidez excesiva ni prohibiciones absolutas innecesarias.
En definitiva, la alimentación puede apoyar la salud mental cuando se integra desde la estabilidad y la flexibilidad, no desde el control ni la culpa. No se trata de utilizar la comida para gestionar emociones, sino de crear un contexto fisiológico coherente que facilite la regulación por vías más saludables. La salud mental, también en este ámbito, se construye desde la sostenibilidad, no desde la perfección.






